LÍMITES PERSONALES: 1. LOS DESEQUILIBRIOS

La Sra. E… termina su jornada laboral a las 14:30. Su pareja el Sr. T… termina a las 14:00. Cada día cuando el Sr. T… termina, se dirige directo a casa y prepara la comida mientras espera que E… llegue del trabajo para comer juntos. La Sra. E… es de las que no tiene hora para salir del trabajo, siempre se queda media hora o tres cuartos o más. O sea que cada día llega a una hora distinta, pero en todo caso nunca antes de las 15:00.
Conviene saber, también, que el Sr. T… es quien se encarga siempre de ir al supermercado, de pensar y organizar lo que se come, tanto a mediodía como por la noche y quien se encarga de preparar comidas y cenas a diario.
Ocurre que un día – de forma excepcional-, al terminar su jornada, el Sr. T… se va con un compañero de trabajo a tomar una cerveza. A las 14:45 – también de forma excepcional- el Sr. T… recibe una llamada de la Sra. E… que le informa que ya está en casa y le pregunta dónde está él.
-         Estoy en C… tomando una caña con B… Voy enseguida –responde él-.
Quince minutos más tarde, ya en casa, se encuentra una E… con la actitud de demostrarle su enfado; seria, malcarada y con mirada desafiante. El Sr. T…, algo sorprendido, le pregunta qué le pasa, que a qué viene esa cara y esos ademanes, que por qué está enfadada. La respuesta de E… es:
-         ¡¿Que por qué estoy enfadada!? ¡Pues sí, feliz voy a estar! ¡Como para estar feliz estoy yo!
Ante esta respuesta el Sr. T… se queda estupefacto, pero se calla y prepara la comida que ya tenía prevista. En su silencio, el  Sr. T… se pregunta por qué no está contenta ella. Si todos los días me ocupo de pensar qué comemos hoy, si compro lo necesario, si lo preparo y además la espero para comer… ¡Qué coño pasa aquí!
Al día siguiente, al salir del trabajo T…, camino de casa, para en el supermercado para comprar, entre otras cosas, lo necesario para hacer la comida ese mismo día. Llega a casa a las 14:50 y allí se encuentra con la Sra. E… que ya ha llegado, que se ha preparado una ensalada, solo para ella, y que ya está comiéndosela de cara a la tele.
Al ver la situación, el Sr.T… experimenta, ante todo, una punzada en el bajo vientre, a continuación y con el mayor de los esfuerzos para conservar la calma se dirige a ella en estos términos:
-         Vamos a ver. O sea, que llegas a casa, no me llamas para saber dónde estoy o si ya llego o no, te preparas una ensalada para ti sola y te pones a comer… ¿Y ya?
La respuesta de la Sra. E… es escueta:
-         ¡Es que igual estás tomándote cervezas con tus amigos!

Este es un  caso cualquiera de una relación de pareja con un grave desequilibrio. Es de suponer que este no es un caso aislado y que sin duda episodios equivalentes ya  se habían producido con anterioridad y que, también sin duda, se continuarán produciendo.
A priori podríamos pensar que la Sra. E… es una cabrona, egoísta y egocéntrica que  solo mira por ella y a la que el Sr. T… le importa un pito y que su conducta para con él es muy reprochable. Pues bueno, en realidad no es tan así, pero vayamos por partes.
El desequilibrio es evidente y dada la “profusa” conducta de la Sra. E… podría parecernos que  E… es quien crea ese desequilibrio. Nada de eso. Que la Sra. E… va a lo suyo, a sus intereses y necesidades es cierto, pero… ¿es ello reprochable? Depende.
Ok. De acuerdo. Parece que la Sra. E… no sabe, no puede o no quiere “compartir”. Incluso lo más posible es que la Sra. E. no sienta verdadero amor por el Sr. T.,  pero ahora veremos qué es lo que, durante el tiempo que dura la relación con el Sr. T…, ha ido “aprendiendo” la Sra. E.
En realidad la conducta errática es la del Sr. T… que es quien crea, alimenta  y permite ese desequilibrio. Y esto ocurre porque el Sr. T… a nivel emocional mantiene una importante carencia; No saber poner límites a las conductas de los demás que vulneran su integridad moral, psicológica y hasta física.
Esta carencia deriva de una creencia errónea adquirida en su infancia en el seno familiar. Sin entrar en pormenores la familia del niño T… se estructuraba de forma que, por imperativos del guion, los deseos y necesidades de T… eran muy escasamente satisfechos por sus padres, porque siempre había algo más importante. A sí pues T… crece en la creencia de que sus deseos y necesidades no son importantes, que lo de los demás es más importante y que su reconocimiento y amor lo conseguirá a partir de “lo que haga por los demás” porque además, sus padres siempre le reconocen y refuerzan lo que ”hace” y no lo que “es”.
Cuando el niño T… pasa a ser el Sr. T… es un señor con un grave problema: siempre supedita sus deseos y necesidades a los de los demás. Lo cual le supone una fuente continua de decepción, tristeza y fracaso porque nadie acaba reconociendo sus esfuerzos, de ningún tipo, y acaba sintiéndose el lacayo, el criado y hasta el esclavo en todas sus relaciones; de pareja, de amistad, profesionales…. que por otra parte, casi siempre acaban con un final poco feliz.
Dicen que: “Tras un problema que se te repite, hay una lección que no se quiere aprender”. Gran verdad.
Las preguntas que martilleaban la mente del Sr. T… entre decepción y decepción y entre fracaso y fracaso, siempre eran las mismas; ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Por qué las personas son, todas, tan desagradecidas? ¿Cómo tengo que hacerlo? ¿Por qué me pasa esto siempre?  
Si mi actitud frente a los demás es siempre de buena voluntad; de apoyo incondicional, de ayuda, de generosidad…- se decía-. ¿Por qué siempre acabo dañado por las personas más cercanas y más queridas? Siempre acabo dañado moral, psicológica y económicamente por mis parejas, mis amigos que creía del alma o aquellos compañeros de trabajo en los que más confiaba.

Y así durante años el Sr. T… se volvía loco porque no entendía. Acababa con continuos episodios de agotamiento nervioso, del disgusto y del enfado pasaba a la tristeza de ahí a la rabia y al final a la apatía hasta que poco a poco volvía a remontar y empezar de nuevo.

Empezó por entender que si siempre le pasaba lo mismo con todos, no podía hacer responsables a todos, que era él y solo él el responsable. Dejó de mirar a los otros y se centró en analizar lo que él hacía y cómo lo hacía. Y así es como se dio cuenta que en todas sus relaciones y en su propia vida él no llevaba sus propias riendas sino que tomaba las que les daban los otros para que él viviera la vida que ellos querían. Descubrió que queriendo siempre complacer al otro se le hacía muy difícil decir “no” y que las decepciones que habitualmente sufría y que le dañaban resultaban de su incapacidad de marcar unos límites claros al otro y todo por miedo de hacerle daño. ¿Se dan cuenta de la incongruencia? “Yo sufro el daño por miedo a dañar al otro”.
Descubrió también que el miedo a lo que los demás pensaran de él, también le conducía a la desdicha; miedo a parecer un tacaño, a parecer un vago, un sucio o un “salido” o frío, calculador, ostentoso, derrochador, insensible…y un largo etcétera, lo cual le llevaba a la autorrepresión y le  impedía expresar libremente sus deseos, necesidades, emociones… con la consiguiente justificación del otro: “¡Ay! Yo no sabía que tú…”
Entre sus “malsanas prácticas”, cayó en la cuenta de que de las más perniciosas era la de arreglar los errores que habían cometido los otros. Si quien metió la pata no quiere admitirlo… ¿qué leches vas a hacer tu? Igualmente fuente de decepciones es el hacer favores que no te han pedido. Ni pagado ni agradecido y casi siempre termina la cosa en la consabida frase: “Yo no te lo pedí, fuiste tú el que quisiste…”.
Reconoció también la importancia de la “rotación de tareas y responsabilidades”. Nadie puede reconocer jamás el esfuerzo de lo que no haya hecho o no se haya encargado. Y es que siempre tendrás enfrente a quien te diga: “Pues en tu casa mejor porque es más…” O “De eso encárgate tú que yo no sé”. O “Eso hazlo tú que lo haces mejor”. ¡Qué no, señores, que no toca bailar siempre con la más fea! De lo contrario el día que decidas “sacar” a la más guapa te dirán que eres un abusón.
Importante. Jamás, jamás y repito jamás, permitas o aceptes que te digan: “Es que lo mío es distinto”. ¡Qué! ¡Cómo! Una falta de respeto, por ejemplo, de A>B es la misma falta de respeto que de B>A. Y punto. El resto es inaceptable. Mucho ojo con las varas de medir. 

A la vista de lo expuesto, quedémonos con una idea fundamental: "No poner límites personales es la causa primaria de los desequilibrios en las relaciones".

Continuará...  

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