ZONA DE CONFORT


Decía Confucio: “El hombre superior piensa en la virtud y el hombre vulgar piensa en la comodidad”. La zona de confort hipnotiza y seduce, creando parálisis, pereza y procrastinación. Cuando el principal fin en mente es permanecer en la zona de confort, se corre el riesgo de consumirse, pudrirse emocionalmente aunque no pase nada malo. Estar parado es entonces realmente retroceder. Parapetarse en la zona de confort es abandonarse, resignarse, rendirse, acomodarse. 
Pero veamos qué es esa Zona de Confort realmente. En psicología la zona de confort se refiere a un estado mental donde la persona utiliza conductas de evitación del miedo y la ansiedad en su vida diaria, utilizando un comportamiento rutinario para conseguir un rendimiento constante sin asumir ningún riesgo, es decir, con el “piloto automático”. Es un espacio personal compuesto de estrategias y actitudes que utilizamos a menudo y con las que nos sentimos confortables, instalándose en nuestra manera de actuar porque nos sentimos seguros. Es una zona que sólo abarca lo conocido, ese ambiente donde estamos a gusto y  nos hace sentir seguros porque todo está bajo nuestro control, pero la pasividad y la rutina provoca apatía y vacío existencial, impidiendo el crecimiento personal al renunciar a tomar iniciativas que ensanchen los límites de esa zona. El bienestar que se siente no es producto de la satisfacción o el orgullo personal, sino de la ausencia de emociones negativas como la incertidumbre o la inseguridad al refugiarnos en nuestro entorno conocido. La zona de confort también es trabajar en algo simple en un entorno seguro sin querer promocionarse, o mantener una relación que da seguridad a pesar de estar a disgusto.
También hay superstición sobre la zona de confort. La idolatría del control, la quimera de la seguridad, hay quienes creen que la seguridad total existe y es totalmente dependiente de sus actos. Unir control con seguridad es otro tipo de superstición. Más sutil, más racionalizada pero igualmente una superstición. Crear un búnker racional que se piensa indestructible, un Titánic mental que no resiste a la realidad cuando ésta se pone terca.
Hay conductas que nos avisan de que podemos tener una vida basada en nuestra zona de confort, y con una autoobservación sincera podemos llegar a darnos cuenta:
Desmotivación que nos impide crecer emocional y productivamente.
Vivir inmerso en la misma rutina todo el tiempo y con miedo permanente a tomar algunos riesgos en cualquier ámbito.
Sensación de aislamiento de la sociedad, vivir solo sin atreverse a iniciar el contacto social.
Sensación de tristeza y soledad, que en casos más graves puede llevar a la depresión.

¿Cómo salir de nuestra zona de confort?
Aceptar el cambio cuesta, hay una resistencia natural en todos a negarnos a afrontar aquello para lo que creemos que no estamos preparados. En el fondo hay una falta de autoestima, una duda sobre uno mismo que cuesta reconocer. Queremos sentirnos motivados, vivos y hambrientos y dichas sensaciones no surgen de la comodidad, surgen del cambio. Fuera del espacio de confort, en el espacio de riesgo conocerás otras personas, establecerás nuevas relaciones. Hallarás nuevos maestros para aprender las lecciones que necesitas en ese momento. El maestro aparece cuando el alumno está preparado, y dentro de la zona de confort nunca lo está porque está en un absentismo continuo. De repente, por rápido o por inesperado, por bajar la guardia o por una crisis, porque te cruzas con los deseos de otros que te arrastran o porque tus deseos no son tan fuertes como creías, te ves fuera de la zona de confort. Y sientes miedo por estar a la intemperie o rabia contra lo que te sacó de la comodidad o te deprimes porque ya nada es como antes. Pero ninguna de esas emociones te van a devolver a lo que no tiene vuelta atrás. Son excusas y quejas. Salir del espacio de confort al espacio de riesgo es a menudo una medicina horrible que el enfermo necesitaba y que no quería tomarse por motu propio. ¿Cuántas veces lo que empezó pareciendo malo se convirtió en bueno?
Cuando hay ansiedad e incomodidad la mente pone excusas para volver a su estado de comodidad, con lo que es mejor anticipar las posibles autoexcusas y verlas como artimañas, cuyo objetivo es racionalizar el dejar de esforzarse por salir. Entonces una buena técnica es mentalizarse para actuar en sentido contrario a lo que nos pida el cuerpo, asumiendo que un poco de ansiedad es positiva para mejorar nuestro rendimiento y aumentar nuestra flexibilidad mental.
Al escapar de nuestra zona de confort comenzamos a tomar conciencia de nuestros miedos y nuestras barreras mentales, de nuestros pensamientos limitantes. Cuando sintamos ansiedad o estrés reconoceremos que estamos en un terreno nuevo e inseguro que hay que explorar, o cuando sintamos envidia de otros que están en el punto al que queremos llegar sabremos qué dirección tomar, aceptando el esfuerzo como un reto. Atreverse a hacer las cosas de otra manera, atreverse a equivocarse y a ir más allá de lo conocido, amplía nuestro horizonte en conocimientos, emociones y crecimiento personal. La vida cambia y el cambio es incertidumbre, y podemos aprender a adaptarnos a situaciones nuevas aceptándolas como un reto, cambiando lo que se pueda de la situación o cambiando nosotros/as mismo/as, reconociendo tanto nuestros miedos como nuestras fortalezas para afrontar la situación. Se puede aprender a gestionar la incertidumbre.
Amor, aceptación y confianza, es lo que más necesitas en tu mochila para afrontar el salto del confort al riesgo. Para conseguir resultados extraordinarios, no por mágicos, simplones o regalados. Serán extraordinarios porque tú no creías que fuesen para ti. Que tú pudieses llegar a ellos. Otros como tú, temerosos, desorientados, indefensos, ignorantes, pudieron. Tú mismo pudiste otras veces que quizás ya has olvidado o que minusvaloras por ser agua pasada. Convertir lo que era antes espacio de riesgo en espacio de confort te ayuda a crecer, te inmuniza contra el aburrimiento y te muestra lo que es la vida realmente: Una aventura.

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